Cuando la información se hizo máquina
Turing, la máquina universal y el nacimiento de lo computable
En el capítulo anterior vimos cómo el mundo empezó a pensarse como información.
Pero la información, por sí sola, todavía no decide nada.
Es como una partitura sin instrumento.
Para que algo suceda —para transformar, combinar, reorganizar— hace falta un dispositivo que opere sobre ella.
Ese fue el gesto decisivo del siglo XX:
imaginar una máquina capaz de ejecutar cualquier proceso que pudiera describirse de manera suficientemente clara.
Y el nombre propio aquí es inevitable:
Alan Turing.
Turing: pensar la mente como procedimiento
En 1936, Turing se plantea una pregunta que parece técnica:
¿Qué significa, exactamente, “calcular algo siguiendo un método”?
No pregunta por la psicología del cálculo, sino por su estructura lógica.
Para contestarla, inventa un artefacto hipotético:
- una cinta infinita dividida en casillas,
- un cabezal que lee y escribe símbolos,
- un conjunto finito de reglas (“si lees X, haz Y y muévete a Z”).
Ese dispositivo —que luego llamaremos máquina de Turing— no pretende describir ninguna máquina real.
Es un modelo conceptual.
Pero su potencia es enorme:
cualquier procedimiento que podamos describir paso a paso puede representarse como un conjunto de instrucciones para esta máquina.
En otras palabras:
si algo es efectivamente calculable, una máquina de Turing podría, en principio, hacerlo.
La idea explosiva: una máquina universal
Turing va un paso más allá.
Si cada procedimiento puede describirse como una tabla de reglas, ¿por qué no construir una máquina capaz de leer la descripción de cualquier otra máquina y comportarse como ella?
Eso es la máquina universal de Turing:
un dispositivo que no está “diseñado para sumar” o “para ordenar listas”, sino para simular cualquier máquina describible.
Aquí se abre un horizonte nuevo:
el mismo hardware puede ejecutar infinitos comportamientos dependiendo del programa que se le cargue.
Estamos acostumbrados hoy.
Pero en ese momento fue una revolución silenciosa.
La máquina deja de ser una herramienta fija y se convierte en plataforma general de procesos.
De la máquina a la mente (y vuelta)
A partir de aquí, la tentación es clara:
si la mente parece seguir reglas, si razonar parece un procedimiento…
entonces:
quizá pensar no sea más que ejecutar programas suficientemente complejos.
Muchos filósofos y científicos lo leerán así:
- la mente = software
- el cerebro = hardware
- conocer = computar
Y, de pronto, algo se vuelve plausible:
si podemos describir el pensamiento como información manipulada por reglas, podremos —al menos en principio— simularlo en una máquina.
El camino hacia la IA queda trazado.
El “juego de imitación”
En 1950, Turing publica su famoso artículo:
Computing Machinery and Intelligence.
Allí propone una pregunta pragmática:
si una máquina conversa con nosotros y no podemos distinguirla de una persona, ¿tiene sentido negar que “piensa”?
No se trata de metafísica, sino de criterios operativos.
Si algo actúa como inteligencia, responde como inteligencia, se comporta como inteligencia…
¿para qué pedir algo más?
Lo que importa es el comportamiento observable.
El resto —argumenta Turing— puede ser sólo prejuicio.
El paso decisivo hacia el “todo computable”
Con Turing ocurre algo parecido a lo que vimos con Shannon.
Su trabajo no pretendía redefinir el mundo. Pretendía esclarecer un problema preciso.
Pero sus consecuencias fueron ontológicas.
A partir de él se instala una intuición poderosa:
todo proceso que pueda describirse con reglas finitas puede, en principio, computarse.
Y como cada vez más aspectos del mundo pueden describirse mediante reglas, algoritmos y modelos…
la frontera de lo computable empieza a expandirse sin freno.
De ahí no estamos tan lejos de afirmaciones como:
“seguiremos intentando demostrar que TODO es computable”.
Hassabis dixit.
El “todo” ya no parece desmesura, sino continuidad.
Lo que no hay que perder de vista
Nada de esto convierte a Turing en culpable de nada.
Su genialidad abrió posibilidades formidables:
- lenguajes de programación,
- ordenadores universales,
- internet,
- medicina computacional,
- ciencia de datos.
Pero, a la vez, sembró una confusión peligrosa:
lo que puede ser simulado empieza a confundirse con lo que es.
Una máquina puede reproducir un comportamiento, pero ¿reproduce también la experiencia?
Puede imitar una conversación, pero ¿hay alguien ahí?
Las preguntas empiezan a hacerse más difíciles.
Y aquí conviene recordar:
una simulación perfecta de una tormenta no moja a nadie.
Hacia dónde vamos ahora
En el próximo capítulo veremos cómo, a partir de Turing, surge el gran proyecto del siglo XX:
hacer de la mente un sistema computable.
Cognitivismo, IA simbólica, funcionalismo.
Allí el mundo ya no sólo es información. La propia subjetividad se vuelve programa.
Y el imperio avanza un paso más.
Bibliografía mínima
- Alan Turing — On Computable Numbers (1936)
- Alan Turing — Computing Machinery and Intelligence (1950)
- Andrew Hodges — Alan Turing: The Enigma
- Jack Copeland — The Essential Turing