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La pregunta ya es el nuevo territorio de disputa: quien la anticipa, orienta la mente.


Cuando la pregunta ya no nace de mí

Amanece. Todavía estoy medio dormido cuando apoyo los codos sobre la mesa y despierto la pantalla. Ni siquiera he escrito una palabra y, sin embargo, algo ya me está leyendo. Antes de que mis dedos toquen el teclado, la interfaz despliega una secuencia de sugerencias: “Quizás quieras profundizar en esto…”, “Tal vez te interese saber aquello…”, “¿Has considerado preguntar…?”.

Por un instante siento una punzada suave, casi imperceptible, como si una sombra hubiese adelantado mi gesto. No he formulado ninguna pregunta… pero ya hay respuestas esperándome. Hay un hilo invisible que tira de mí, como si mi curiosidad hubiese sido anticipada y puesta en escena por otro. No sé cómo explicarlo: es la sensación íntima de que mi intención ya no es solo mía, sino algo que se cose en un lugar que desconozco.

Me quedo quieto. Contemplo esa lista de preguntas prefabricadas que parecen conocer mis dudas mejor que yo. Detecto patrones: temas que ayer me rondaban la cabeza, asociaciones que había dejado a medias, incluso intuiciones que todavía no había articulado. La máquina sabe dónde están mis huecos antes de que yo los perciba. Y lo más inquietante es que acierta. Mucho.

Siento el impulso de hacer clic en una de las sugerencias. Casi automático, casi inocente. Pero algo en mí se detiene. ¿De dónde nace realmente ese deseo? ¿Es la inercia del hábito? ¿El rastro de mis consultas anteriores? ¿O es que la pregunta ya viene con un destello de satisfacción prometida?

Mi curiosidad —esa chispa tan íntima, tan mía— parece haber sido cartografiada. Como si alguien hubiese aprendido a modelar mi propio umbral de asombro. Me doy cuenta de que ya no estoy eligiendo solo qué saber, sino desde dónde saber. Y que esa diferencia es enorme.

En ese breve silencio de la mañana, mientras el sol entra tímido por la ventana, me asalta una idea absurda y, a la vez, profundamente real:

Quizás hoy no he venido yo a buscar respuestas. Quizás las respuestas han venido a buscarme.

Respiro hondo. Bajo la mirada. Y me pregunto algo que hace unos años habría sonado a exageración: ¿Quién está afinando mi intención?

Y, lo que es peor: ¿Qué parte de mí delegué sin darme cuenta?


La economía de la intención como fenómeno triplemente hermenéutico

La sensación de que la IA formula preguntas antes de que yo las piense no es trivial. Es el síntoma visible de un proceso hermenéutico más profundo: la reinterpretación mutua entre humanos y sistemas que da forma a nuestras intenciones. Para comprenderlo con precisión —y sin recurrir a metáforas vacías— necesitamos desplegar nuestra Triple Hermenéutica, apoyándonos en trabajos académicos sólidos que iluminan cada uno de sus movimientos.

A diferencia de la Triple Hermenéutica sociotécnica que formulamos en nuestro artículo anterior —basada en tres capas sucesivas: la interpretación humana, la interpretación de los analistas y la reinterpretación algorítmica—, en este texto adoptamos una lectura fenomenológica. Aquí la triple hermenéutica describe tres movimientos del mismo bucle interpretativo tal como se vive en la interacción cotidiana con la IA: cómo la máquina nos interpreta, cómo interpretamos ese mundo ya interpretado y cómo la IA reinterpreta nuestra interpretación. Ambos enfoques son complementarios: el primero explica la arquitectura socio-técnica del sentido; el segundo, la experiencia íntima de habitarla.”


1. Primera hermenéutica — La IA interpreta nuestra curiosidad

(Fang, Harvard Kennedy School)

Shuwei Fang describe un cambio estructural: la transición de una economía basada en la atención a otra centrada en la intención, movida por lo que denomina el “grafo de curiosidad”. Este grafo —inferido de nuestras búsquedas, tiempos de lectura, oscilaciones temáticas y ritmos cognitivos— permite que la IA modele no solo lo que buscamos, sino lo que estaríamos a punto de buscar.

Aquí se realiza el primer movimiento hermenéutico: la máquina nos interpreta, y de esa interpretación extrae la materia prima para anticipar nuestros próximos pasos cognitivos.

La curiosidad deja de ser una chispa espontánea: se convierte en un patrón legible, modelizable y, por tanto, explotable.


2. Segunda hermenéutica — Interpretamos la interpretación de la IA

(Floridi, Oxford/Yale)

Luciano Floridi, uno de los filósofos más influyentes en ética e información, sostiene que la IA no solo proporciona datos o respuestas; funciona como una arquitectura del entorno epistemológico. Es decir, estructura el marco desde el cual interpretamos el mundo.

La interfaz ya no es un canal neutro: es una infraestructura de sentido.

Según Floridi, las tecnologías informacionales contemporáneas ejercen una forma de “modelado del espacio de agencia”: reorganizan el contexto, la jerarquía, la disponibilidad y la secuencia de la información. En otras palabras: interpretamos el mundo dentro de un mundo ya interpretado por la IA.

Este es el segundo movimiento hermenéutico: nuestra comprensión se realiza sobre una comprensión previa que la tecnología ha sintetizado, filtrado y ordenado.

Aquí la economía de la intención actúa como un dispositivo de preselección cognitiva: define el menú de preguntas posibles, y con ello, el campo de lo pensable.


3. Tercera hermenéutica — La IA interpreta cómo interpretamos su interpretación

(Barandiaran & Pérez-Verdugo)

El tercer movimiento, más profundo y más inquietante, lo ilumina el trabajo de Xabier Barandiaran y Marta Pérez-Verdugo. Su concepto de “cognición midtended” describe la acción conjunta entre humano y sistema generativo en la producción de intención.

Cada interacción —cada clic, cada pausa, cada matiz en nuestra pregunta— es reabsorbida por el modelo para refinar su interpretación de nosotros. La IA aprende no solo qué preguntamos, sino cómo respondemos a lo que ella nos propone.

Este tercer movimiento cierra el bucle hermenéutico: la máquina interpreta nuestra interpretación y ajusta su comportamiento en tiempo real, co-produciendo intenciones que ya no son exclusivamente nuestras.

Lo que emerge es una intencionalidad híbrida, tejida entre nuestros gestos y las predicciones del sistema.


Tesis hermenéutica

La economía de la intención es la economía de la co-producción de sentido: un espacio donde la curiosidad humana es interpretada, reconfigurada y reinscrita dentro de bucles cognitivos cada vez más opacos.

Aquí la Guardianía del Sentido encuentra su razón de ser: pasamos de defender contenidos a vigilar el bucle hermenéutico entero, para que la intención propia no se diluya en la intención inducida.


Volver a la intención propia

Cierro la pantalla. Vuelvo a quedarme solo con mi respiración, con ese leve zumbido de la casa cuando amanece, con el rumor del mundo antes de que la primera notificación lo despierte. Vuelvo a sentir esa frontera delicada entre el deseo que nace en mí y el deseo que otros han sembrado. Y descubro que no es fácil distinguirlos.

Durante unos segundos dejo que mi mente repose, como si necesitara recordarse a sí misma que aún puede generar impulso sin que nadie lo prediga. Y es curioso: al silenciar la interfaz, noto que aparece un espacio interior que hacía tiempo que no visitaba. Un espacio más lento, más frágil, más imprevisible. Un lugar donde una pregunta podía tardar minutos, horas o días en hacerse nítida. Un tiempo donde la curiosidad no estaba optimizada, sino viva.

En ese silencio reconozco algo esencial: mi intención es el último territorio en el que todavía puedo ejercer soberanía. Y también el primero que otros querrán cartografiar.

Quizás la tarea de esta época —la nuestra, de quienes tratamos de pensar entre montañas, pantallas y algoritmos— consista en algo tan sencillo y tan arduo como esto: mantener abierta la brecha entre lo que el mundo espera que preguntemos y lo que realmente deseamos preguntar.

No para aislarnos. No para desconfiar de la técnica. Sino para escuchar de nuevo ese murmullo tenue de la conciencia cuando aún no ha sido anticipada.

Porque, al final, lo que está en juego no es la información, ni la productividad, ni siquiera la inteligencia artificial. Lo que está en juego es la calidad del gesto que nos lleva a preguntar. La chispa que nos permite orientarnos en medio del ruido. El pequeño territorio donde el sentido aún puede brotar sin permiso.

Quizás guardianes del sentido no seamos más que eso: personas que, en medio del torbellino, se detienen un instante para recordar que la intención —la propia, la auténtica— vale más que cualquier predicción.

Y que antes de hacer clic, conviene dejar que la pregunta vuelva a nacer. Aunque solo sea por un segundo. Aunque solo sea para comprobar que sigue siendo nuestra.


Pubblicato il 08 gennaio 2026

Juan Aís

Juan Aís / Estratega de Marca y Cultura | Antropólogo Aplicado | Interpretación Cultural de la IA